Las dos muchachas llegaron en un torbellino de emoción, peligro y muerte súbita. En la tripulación del barco pesquero que las había transportado a través de la bahía de San Pablo había un espía.
Criatura del Talón de Hierro, se había disfrazado con éxito de revolucionario y había penetrado profundamente en los secretos de nuestra organización. Sin duda estaba tras mi pista, pues hacía tiempo que habíamos sabido que mi desaparición había sido motivo de profunda preocupación para el servicio secreto de la Oligarquía.
Por suerte, como demostró el desenlace, no había divulgado sus descubrimientos a nadie. Evidentemente, había retrasado dar parte, prefiriendo esperar hasta haber llevado las cosas a un final exitoso al descubrir mi escondite y capturarme. Su información murió con él.
Con algún pretexto, después de que las muchachas desembarcaran en el arroyo Petaluma y tomaran los caballos, se las arregló para alejarse del barco.
A mitad de la ladera del monte Sonoma, John Carlson dejó que las muchachas siguieran adelante, llevando su caballo, mientras él regresaba a pie. Sus sospechas se habían despertado. Capturó al espía y, en cuanto a lo que sucedió después, Carlson nos dio una buena idea.
«Lo arreglé», fue la sosa manera que tuvo Carlson de describir el asunto. «Lo arreglé», repitió, mientras una luz sombría brillaba en sus ojos y sus enormes manos, deformadas por el trabajo, se abrían y cerraban con elocuencia.
«No hizo ruido. Lo escondí, y esta noche volveré para enterrarlo profundamente».