Empecé a irme, y Galvin me estrechó la mano.
«Mantén el valor», fueron sus últimas palabras. «¿Y qué si la Primera Revuelta se pierde? Habrá una segunda, y entonces seremos más sabios. Adiós y buena suerte. No sé si volveré a verte nunca más. Aquello va a ser un infierno, pero daría diez años de mi vida por la oportunidad de estar ahí».
El Twentieth Century116 salió de Nueva York a las seis de la tarde, y se suponía que llegaría a Chicago a las siete de la mañana siguiente. Pero perdió tiempo aquella noche. Íbamos detrás de otro tren. Entre los viajeros de mi Pullman se encontraba el camarada Hartman, al igual que yo en el servicio secreto del Talón de Hierro. Él fue quien me habló del tren que nos precedía inmediatamente. Era un duplicado exacto de nuestro tren, aunque no llevaba pasajeros. La idea era que el tren vacío sufriera el desastre si se intentaba volar el Twentieth Century. A decir verdad, había muy poca gente en el tren; apenas una docena escasa en nuestro vagón.
—Debe de haber pasajeros muy importantes a bordo —concluyó Hartman—. Vi un vagón privado en la parte de atrás.
Había caído la noche cuando hicimos nuestro primer cambio de locomotora, y caminé por el andén en busca de un poco de aire fresco y para ver qué podía descubrir.
A través de las ventanas del vagón privado alcancé a ver a tres hombres a quienes reconocí. Hartman tenía razón. Uno de los hombres era el general Altendorff; y los otros dos eran Mason y Vanderbold, las mentes maestras del círculo íntimo del servicio secreto de la Oligarquía.