repugnancia. Siento repugnancia por ustedes, caballeros, miembros de mi clase. Se han comportado como unos tontos colegiales, metiendo la ética y la estridencia del político vulgar en una discusión de esta índole. Les han ganado la partida y superado en categoría. Han hablado muchísimo, y lo único que han hecho es zumbar. Han zumbado como mosquitos alrededor de un oso. Caballeros, ahí está el oso —(señaló a Ernest)—, y sus zumbidos solo le han hecho cosquillas en las orejas.
—Créame, la situación es seria. Ese oso extendió sus garras esta noche para aplastarnos. Ha dicho que hay millón y medio de revolucionarios en los Estados Unidos. Eso es un hecho. Ha dicho que es su intención arrebatarnos nuestros gobiernos, nuestros palacios y toda nuestra púrpura holgura. Eso, también, es un hecho. Un cambio, un gran cambio, se avecina en la sociedad; pero, por fortuna, tal vez no sea el cambio que el oso anticipa. El oso ha dicho que nos aplastará. ¿Y si aplastamos nosotros al oso?