en ese día trabajaréis por vuestro pan al igual que el campesino en el campo o el oficinista hambriento y escuchimizado en vuestras metrópolis. ¡He aquí nuestras manos! ¡Son manos
Y mientras hablaba extendió desde sus espléndidos hombros sus dos grandes brazos, y las manos del herrador aferraban el aire como garras de águila. Era el espíritu del trabajo triunfante mientras permanecía allí, con las manos abiertas para desgarrar y aplastar a su auditorio. Fui consciente de un encogimiento apenas perceptible por parte de los oyentes ante esta figura de la revolución, concreta, potencial y amenazante. Es decir, las mujeres se encogieron, y el miedo se reflejaba en sus rostros. No ocurrió lo mismo con los hombres. Eran ricos activos, no ociosos, y eran luchadores. Un ronquido sordo y gutural surgió, flotó en el aire un momento y cesó. Era el preludio del gruñido, y había de oírlo muchas veces aquella noche: la señal de la bestia en el hombre, la garantía de sus pasiones