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nydus/The Iron HeelPublic
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CAPÍTULO XXIII. LA GENTE DEL ABISMO

sentía extrañamente exhaltado, otro ser en otra vida. Nada importaba. La Causa por esta vez estaba perdida, pero la Causa estaría aquí mañana, la misma Causa, siempre fresca y siempre ardiente. Y a partir de entonces, en la orgía de horror que arrasó las horas sucesivas, fui capaz de mantener un interés sereno. La muerte no significaba nada, la vida no significaba nada. Yo era un espectador interesado de los acontecimientos y, a veces, arrastrado por la corriente, era yo mismo un curioso participante. Pues mi mente había saltado a una altitud fría como una estrella y comprendido una transvaloración de los valores ajena a las pasiones. De no haber hecho esto, sé que habría muerto.

Media milla de la turba había pasado a nuestro paso cuando nos descubrieron. Una mujer de harapos fantásticos, de mejillas cavernosa y profundamente hundidas y ojos negros y estrechos como leznas ardientes, avistó a Hartman y a mí. Lanzó un grito estridente y se abalanzó sobre nosotros. Un sector de la turba se desprendió y corrió tras ella.

Puedo verla ahora, mientras escribo estas líneas, un salto por delante, su cabello gris al viento en mechones finos y enredados, la sangre goteando por su frente desde alguna herida en el cuero cabelludo, en su mano derecha una pequeña hacha, su mano izquierda, flácida y arrugada, una garra amarilla, aferrando el aire convulsivamente.

Hartman se plantó delante de mí. Este no era momento para explicaciones. Íbamos bien vestidos, y eso era suficiente. Su puño salió disparado y golpeó a la mujer entre sus ojos ardientes. El impacto del golpe la hizo retroceder, pero chocó contra el muro de sus compañeros que avanzaban y rebotó hacia adelante de nuevo, aturdida e indefensa, mientras el hacha blandida caía débilmente sobre el hombro de Hartman.

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