Entre ellos, dijo, había encontrado agudas inteligencias y brillantes ingenios, ministros del Evangelio que habían sido destrozados porque su cristianismo era demasiado amplio para cualquier congregación de adoradores del becerro de oro, y profesores que habían sido rotos en la rueda de la servidumbre universitaria hacia la clase dominante. Los socialistas eran revolucionarios, dijo, que luchaban por derrocar la sociedad irracional del presente y, a partir de ese material, construir la sociedad racional del futuro. Mucho más dijo que llevaría demasiado tiempo escribir, pero nunca olvidaré cómo describió la vida entre los revolucionarios. Toda expresión dubitativa desapareció. Su voz se volvió fuerte y segura, y brillaba a la vez que él brillaba, y a la vez que brillaban los pensamientos que manaban de él. Dijo:
“Entre los revolucionarios hallé, asimismo, cálida fe en lo humano, ardiente idealismo, dulzuras de abnegación, renuncia y martirio; todas las cosas espléndidas y punzantes del espíritu. Aquí la vida era limpia, noble y estaba viva. Estaba en contacto con grandes almas que anteponían la carne y el espíritu al vil metal, y para quienes el débil lamento del niño hambriento del suburbio significaba más que toda la pompa y circunstancia de la expansión comercial y el imperio mundial.
A mi alrededor no había sino nobleza de propósito y heroísmo en el esfuerzo, y mis días y mis noches eran luz de sol y de estrellas, todo fuego y rocío, con el Santo Grial ante mis ojos, siempre ardiendo y resplandeciendo, el Grial del propio Cristo, el cálido y sufriente ser humano, vejado pero al fin rescatado y salvado”.
Como antes lo había visto transfigurado, así ahora se hallaba transfigurado ante mí. Sus cejas brillaban con lo divino que había en él, y más brillantes aún brillaban sus ojos en medio del resplandor que parecía envolverlo como