el fuego del Talón de Hierro. Este se había preparado para el estallido, y la muerte de tantos oficiales le dio justificación para lo que siguió. Como por arte de magia, cuarenta mil soldados del ejército regular rodearon a los malcontentos. Era una trampa. Los desdichados milicianos descubrieron que sus ametralladoras habían sido saboteadas y que los cartuchos de los depósitos capturados no encajaban en sus rifles. Izaron la bandera blanca de rendición, pero no se les hizo caso. No hubo sobrevivientes. Los seis mil en su totalidad fueron aniquilados. Se les lanzaron proyectiles comunes y metralla desde la distancia y, cuando, en su desesperación, cargaron contra las líneas circundantes, fueron acribillados por las ametralladoras. Hablé con un testigo presencial, y me dijo que lo más cerca que un miliciano llegó a estar de las ametralladoras fue a ciento cincuenta yardas. La tierra quedó alfombrada de muertos, y una carga final de caballería, con pisadas de cascos de caballos, revólveres y sables, aplastó a los heridos contra el suelo.
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CAPÍTULO XVI. EL FIN
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