legislativa en la que participaban a regañadientes. No sabían qué fin llegaría, pero jamás anticiparon un final más desastroso que el que realmente ocurrió.
Me senté en la tribuna ese día. Todos sabíamos que algo terrible era inminente. Se respiraba en el aire, y su presencia se hacía visible por los soldados armados alineados en los pasillos, y por los oficiales agrupados en las entradas de la propia Cámara. La Oligarquía estaba a punto de dar el golpe.
Ernest estaba hablando. Describía los sufrimientos de los desocupados, como con la idea descabellada de conmover de algún modo sus corazones y sus conciencias; pero los miembros republicanos y demócratas se mofaban de él y lo abucheaban, y se armó un gran alboroto y confusión. Ernest cambió de frente abruptamente.
“Sé que nada de lo que pueda decir puede influir en ustedes —dijo—.
No tienen almas sobre las cuales influir. Son seres desvertebrados, flácidos.
Se llaman pomposamente a sí mismos republicanos y demócratas. No existe el Partido Republicano. No existe el Partido Demócrata. No hay republicanos ni demócratas en esta Cámara. Son unos serviles y alcahuetes, las criaturas de la Plutocracia. Hablan largamente, con terminología anticuada, de su amor por la libertad, y al mismo tiempo visten la librea escarlata del Talón de Hierro”.
Aquí los gritos y los clamores de «¡Orden! ¡orden!» ahogaron su voz, y él se quedó de pie con desdén hasta que el estrépito hubo disminuido un tanto. Hizo un gesto con la mano para abarcarlos a todos, se volvió hacia sus propios camaradas y dijo:
«Escuchad el bramido de las bestias bien alimentadas».