Y así transcurría. A veces cambiaba el estoque por la maza y se lanzaba a destrozar sus pensamientos a diestra y siniestra. Y siempre exigía hechos y se negaba a discutir teorías. Y sus hechos les supusieron un Waterloo.
Cuando atacaban a la clase obrera, él siempre replicaba: «La sartén le dice a la sartén tiznada; eso no es respuesta a la acusación de que tu propia cara está sucia».
Y a todos y cada uno les decía: «¿Por qué no han respondido a la acusación de que su clase ha mal administrado? Han hablado de otras cosas y de asuntos relacionados con otras cosas, pero no han respondido. ¿Es acaso porque no tienen respuesta?».
Fue al final de la discusión cuando habló el señor Wickson. Era el único que mantenía la calma, y Ernest lo trató con un respeto que no les había concedido a los demás.
—No es necesaria ninguna respuesta —dijo el señor Wickson con lenta deliberación—. He seguido todo el debate con asombro y