—¡Eso mismo! —exclamó papá—. ¿Cómo lo adivinaste?
“Sabía que iba a pasar. Te lo advertí antes”.
—Sí, lo hiciste —meditó el padre—. Pero no podía creerlo. De cualquier manera, no es más que otra prueba concluyente para mi libro.
—No es nada comparado con lo que vendrá —continuó Ernest—, si persistís en vuestra política de tener a estos socialistas y radicales de toda laya en vuestra casa, incluyéndome a mí.
—Exactamente lo que dijo el viejo Wilcox. ¡Y de lo más injustificado! Dijo que era de mal gusto, totalmente inútil de todos modos, y que no guardaba armonía con las tradiciones y la política de la universidad. Dijo mucho más en ese mismo tono vago, y no pude acorralarlo con nada específico. Se lo puse bastante difícil, y él solo pudo seguir repitiéndose y diciéndome cuánto me honraba, y cuánto me honraba el mundo entero, como científico. No fue una tarea agradable para él. Pude ver que no le gustaba.
—No era un agente libre —dijo Ernest—. La barra en la pierna48 no siempre se lleva con gracia.
—Sí. Pude sacarle eso en limpio. Dijo que este año la universidad necesitaba muchísimo más dinero del que el estado estaba dispuesto a proporcionarle; y que este debía provenir de personajes adinerados que no harían otra cosa que ofenderse por el desvío de la universidad de su noble ideal de la búsqueda desapasionada de la inteligencia desapasionada.
Cuando intenté acorralarlo para que me dijera qué tenía que ver mi vida hogareña con el desvío de la universidad de su noble ideal, me ofreció unas vacaciones de dos años, con goce de sueldo íntegro, en Europa, para la recreación y la investigación. Por supuesto, no pude aceptarlas dadas las circunstancias.