—Me temo que la Iglesia guardó silencio —confesó el obispo.
“Y la Iglesia hoy calla.”
—En eso no estoy de acuerdo —dijo el obispo.
Ernest se detuvo, lo miró con escrutinio y aceptó el desafío.
“Muy bien —dijo—. Veamos. En Chicago hay mujeres que trabajan toda la semana por noventa centavos. ¿Ha protestado la Iglesia?”
—Esto es una novedad para mí —fue la respuesta—. ¡Noventa centavos a la semana! ¡Es horrible!
—¿Ha protestado la Iglesia? —insistió Ernest.
“La Iglesia no lo sabe”.
El obispo estaba luchando con denuedo.
—Sin embargo, la orden a la Iglesia fue: «Apacentad a mis corderos» —se burló Ernest. Y al momento siguiente—: Perdóneme la burla, obispo. ¿Pero puede extrañarle que perdamos la paciencia con ustedes? ¿Cuándo ha protestado usted ante sus congregaciones capitalistas por la explotación de los niños en los molinos algodoneros del Sur?22
¿Niños de seis y siete años, trabajando todas las noches en turnos de doce horas? Jamás ven la bendita luz del sol. Mueren como moscas. Los dividendos se pagan con su sangre. Y con los dividendos se construyen magníficas iglesias en Nueva Inglaterra, donde los de su calaña predican amables lugares comunes a los bien alimentados y repantigados receptores de esos dividendos.
—No lo sabía —murmuró débilmente el obispo. Su rostro estaba pálido y parecía sufrir de náuseas.