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nydus/The Iron HeelPublic
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CAPÍTULO XXIII. LA GENTE DEL ABISMO

Me habría hecho añicos de no haber sido por Garthwaite. Tal como estaban las cosas, parecía inconcebible que pudiera soportar el peso que soportaba y seguir con vida. Y, sin embargo, fuera del dolor, el único sentimiento que albergaba era la curiosidad.

  • ¿Cómo iba a terminar?
  • ¿Cómo sería la muerte?

Así fue como recibí mi bautismo de sangre en aquel matadero de Chicago. Antes de aquello, la muerte había sido para mí una teoría; pero desde entonces la muerte ha sido un simple hecho que no importa, de lo fácil que es.

Pero los Mercenarios no estaban contentos con lo que habían hecho. Invadieron la entrada, matando a los heridos y buscando a los ilesos que, como nosotros, se hacían los muertos. Recuerdo a un hombre a quien arrastraron fuera de un montón, el cual suplicó patéticamente hasta que un tiro de revólver lo silenció.

Luego hubo una mujer que salió arremetiendo de un montón, gruñendo y disparando. Disparó seis tiros antes de que la abatieran, aunque qué daño pudo hacer no lo pudimos saber. Solo podíamos seguir estas tragedias por el sonido.

A cada rato ocurrían escaramuzas como esta, y cada una culminaba en el disparo de revólver que le ponía fin. En los intervalos podíamos oír a los soldados hablando y maldiciendo mientras rebuscaban entre los cadáveres, instados por sus oficiales a darse prisa.

Al fin se pusieron a trabajar en nuestro montón, y pudimos sentir cómo disminuía la presión mientras arrastraban a los muertos y heridos. Garthwaite comenzó a emitir las señales en voz alta. Al principio no le oyeron. Luego alzó la voz.

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