Cuando surgían necesidades extraordinarias para con ellos, como la construcción de las grandes carreteras y líneas aéreas, de canales, túneles, metros y fortificaciones, se hacían levas en los guetos de trabajo, y decenas de miles de siervos, mal que bien, eran transportados al escenario de las operaciones. Grandes ejércitos de ellos trabajan ahora en la construcción de Ardis, alojados en barracones miserables donde la vida familiar no puede existir y donde el decoro es desplazado por la turbia bestialidad. A decir verdad, allí en los guetos de trabajo se encuentra la rugiente y abismal bestia que los oligarcas temen con tanta intensidad; pero es la bestia de su propia creación. En ella no dejan morir al mono y al tigre.
Y ahora mismo se ha dado la orden de que se impongan nuevos tributos para la construcción de Asgard, la proyectada ciudad maravilla que superará con creces a Ardis cuando esta última esté terminada.113 Los miembros de la Revolución seguiremos adelante con esa gran obra, pero no será realizada por los miserables siervos. Los muros, torres y cúpulas de esa hermosa ciudad se elevarán al son del canto, y en su belleza y maravilla se tejerán, no suspiros y gemidos, sino música y risas.
Ernest estaba desesperado por salir al mundo y entrar en acción, pues nuestra desafortunada Primera Revuelta, que había fracasado en la Comuna de Chicago, se estaba gestando con rapidez.
Sin embargo, armó su alma de paciencia, y durante este tiempo de su tormento, cuando Hadly, que había sido traído desde Illinois para ese propósito, lo transformó en otro hombre114, maduró en su mente grandes planes para la organización del proletariado intelectual y para el mantenimiento de al menos los rudimentos de la educación entre la gente del abismo—todo esto, por supuesto, para el caso de que la Primera Revuelta resultara un fracaso.
No fue sino hasta enero de 1917 que abandonamos el refugio. Todo había sido dispuesto.