—Usted conoce la ley y los negocios, coronel Van Gilbert. Sabe cómo servir a las corporaciones y aumentar los dividendos retorciendo la ley. Muy bien. Limítese a eso. Es usted toda una eminencia. Es un muy buen abogado, pero es un mal historiador, no sabe nada de sociología y su biología es contemporánea de Plinio.
Aquí el coronel Van Gilbert se retorció en su silla. Reinaba un silencio absoluto en la sala. Todos permanecían fascinados —paralizados, podría decir—. Un trato tan temible hacia el gran coronel Van Gilbert no tenía precedentes, era inimaginable, imposible de creer: el gran coronel Van Gilbert ante quien los jueces temblaban cuando se ponía de pie en el tribunal. Pero Ernest jamás daba cuartel a un enemigo.
“Esto, por supuesto, no es un reflejo de su parte —dijo Ernest—.
Cada cual a su oficio. Limítese usted al suyo, y yo me limitaré al mío. Usted se ha especializado. Cuando se trata de un conocimiento de la ley, de cómo evadir mejor la ley o hacer una nueva ley en beneficio de las corporaciones ladronas, yo estoy en el lodo a sus pies. Pero cuando se trata de sociología —mi oficio— usted está en el lodo a mis pies. Recuérdelo. Recuerde también que su ley es materia de un día, y que usted no es versátil en materia de más de un día. Por lo tanto, sus afirmaciones dogmáticas y sus generalizaciones precipitadas sobre asuntos históricos y sociológicos no valen el aliento que gasta en ellas”.
Ernest se detuvo un momento y lo contempló pensativo, reparando en su rostro oscuro y contraído por la ira, en su pecho agitado, en su cuerpo retorciéndose y en sus finas manos blancas que se cerraban y se abrían con nerviosismo.
—Pero parece que le quedan aliento y ganas de hablar, y voy a darle la oportunidad de usarlos. Acusé a su clase. Demuestre que mi acusación es falsa.