Pero al recordar la vieja vida me he adelantado en mi relato hacia la nueva vida.
La evasión carcelaria masiva no ocurrió hasta bien entrado 1915.
Por muy complicada que fuera, se llevó a cabo sin contratiempos y, como un logro muy meritorio, nos animó en nuestro trabajo. Desde Cuba hasta California, de decenas de cárceles, prisiones militares y fortalezas, en una sola noche, sacamos a cincuenta y uno de nuestros cincuenta y dos congresistas y, además, a más de otros tres cientos dirigentes. No hubo un solo caso de fallo. No solo escaparon, sino que cada uno de ellos llegó a los refugios tal como se había planeado. El único camarada congresista que no pudimos sacar fue Arthur Simpson, quien ya había muerto en Cabañas tras crueles torturas.
Los dieciocho meses que siguieron fueron tal vez los más felices de mi vida con Ernest. Durante ese tiempo nunca estuvimos separados. Después, cuando volvimos al mundo, nos separamos mucho.
No con más impaciencia aguardo la llama de la revuelta de mañana que aquella noche aguardé la llegada de Ernest. No lo había visto en tanto tiempo, y el pensamiento de un posible contratiempo o error en nuestros planes que lo retuviera aún en su prisión isleña casi me volvía loca.
Las horas pasaban como siglos. Estaba completamente sola. Biedenbach y tres jóvenes que habían estado viviendo en el refugio habían salido al otro lado de la montaña, bien armados y preparados para todo. Los refugios de todo el país estaban bastante vacíos, imagino, de camaradas aquella noche.