CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
nydus/The Iron HeelPublic
Página 78 de 372
Table of Contents

CHAPTER V. THE PHILOMATHS

un manto. Pero los demás no veían este resplandor, y supuse que se debía a las lágrimas de gozo y amor que nublaban mi vista. En cualquier caso, el señor Wickson, que se sentaba detrás de mí, no se vio afectado, pues le oí burlarse en voz alta: «Utópico».41

Ernest siguió ascendiendo en la sociedad, hasta que por fin entró en contacto con miembros de las clases altas y codeóse con los hombres que ocupaban los puestos elevados.

Luego llegó su desencanto, y este desencanto lo describió en términos que no halagaban a su auditorio. Le sorprendió la ordinariez de la arcilla. La vida demostró no ser refinada ni agraciada.

Le consternó el egoísmo que encontró, y lo que le había sorprendido aún más que eso fue la ausencia de vida intelectual. Recién llegado de sus revolucionarios, le chocó la estupidez intelectual de la clase dominante.

Y después, a pesar de sus magníficas iglesias y predicadores bien pagados, había encontrado a los amos, hombres y mujeres, burdamente materialistas. Era verdad que parlotearon dulces pequeños ideales y entrañables pequeñas moralidades, pero a pesar de su parloteo la nota dominante de la vida que vivían era materialista. Y carecían de moralidad real —por ejemplo, la que Cristo había predicado pero que ya no se predicaba—.

—Conocí a hombres —dijo— que invocaban el nombre del Príncipe de la Paz en sus diatribas contra la guerra, y que ponían rifles en manos de los Pinkertons42 con los cuales masacrar a los huelguistas en sus propias fábricas. Conocí a hombres incoherentes de indignación por la brutalidad del pugilismo, y que, al mismo tiempo, eran cómplices en la adulteración de alimentos que mataba cada año a más criaturas de las que el propio Herodes, con sus manos manchadas de sangre, había matado.

78