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nydus/The Iron HeelPublic
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CAPÍTULO XXIV. PESADILLA

Y al levantarme y reanudar la marcha, miré el rostro de aquella cosa y vi que todavía vivía; pues los ojos, tenuemente inteligentes, me miraban y me veían.

Tras aquello vino un blanco bondadoso. No sabía nada, no veía nada, simplemente avanzaba tambaleándome en mi búsqueda de refugio.

Mi siguiente visión de pesadilla fue una calle tranquila de los muertos. Di con ella de repente, como un caminante en el campo daría con un arroyo caudaloso. Solo que este arroyo que contemplaba no fluía. Estaba congelado en la muerte. De acera a acera, cubriendo también las veredas, yacía allí, extendido de manera uniforme, con solo aquí y allá algún bulto o montón de cuerpos que rompía la superficie.

Pobre gente acosada del abismo, ilotas perseguidos: yacían allí como los conejos en California tras una batida.120

Miré calle arriba y calle abajo. No había movimiento, ni sonido. Los edificios silenciosos contemplaban la escena desde sus muchas ventanas. Y una vez, y solo una vez, vi un brazo que se movía en aquel arroyo muerto. Juro que lo vi moverse, con un extraño gesto retorcido de agonía, y con él se levantó una cabeza, ensangrentada con un horror sin nombre, que me balbució y luego volvió a tumbarse para no moverse más.

Recuerdo otra calle, con edificios silenciosos a ambos lados, y el pánico que me asaltó devolviéndome a la consciencia al ver de nuevo a la gente del abismo, pero esta vez en un torrente que fluía y avanzaba. Y entonces vi que no había nada que temer. El torrente avanzaba lentamente, mientras de él surgían gemidos y lamentos, maldiciones, balbuceos de senilidad, histeria y locura; pues se trataba de los muy jóvenes y los muy ancianos, los débiles y los enfermos, los desvalidos y los desahuciados, todo el naufragio del gueto. El incendio del gran gueto del lado sur los había arrojado al infierno de la lucha callejera, y adónde se encaminaban y qué fue de ellos no lo supe ni llegué a saberlo nunca.121

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