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nydus/The Iron HeelPublic
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CAPÍTULO XIV. EL PRINCIPIO DEL FIN

Ya en enero de 1913, Ernest vio el verdadero rumbo de los acontecimientos, pero no pudo lograr que sus hermanos dirigentes vislumbraran el Talón de Hierro que había surgido en su mente. Estaban demasiado seguros. Los acontecimientos avanzaban con demasiada rapidez hacia su culminación. Había surgido una crisis en los asuntos mundiales. La oligarquía estadounidense se encontraba prácticamente en posesión del mercado mundial, y decenas de países fueron arrojados de ese mercado con excedentes invendibles e imposibles de consumir en sus manos. Para tales países no quedaba más remedio que la reorganización. No podían continuar con su método de producir excedentes. El sistema capitalista, en lo que a ellos respectaba, había fracasado sin remedio.

La reorganización de estos países tomó la forma de una revolución. Fue una época de confusión y violencia. Por todas partes las instituciones y los gobiernos se derrumbaban. Por todas partes, con la excepción de dos o tres países, los antiguos amos capitalistas lucharon encarnizadamente por sus posesiones. Pero el proletariado militante les arrebató los gobiernos. Por fin se cumplía la clásica frase de Karl Marx:

«Suena la hora final de la propiedad privada capitalista. Los expropiadores son expropiados».

Y tan pronto como los gobiernos capitalistas se derrumbaban, repúblicas cooperativas surgían en su lugar.

“¿Por qué se rezaga Estados Unidos?”; “¡Pónganse manos a la obra, revolucionarios estadounidenses!”; “¿Qué le pasa a América?”—fueron los mensajes que nos enviaron nuestros camaradas triunfantes en otras tierras.

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