Recién salido de estos dos maestros, me encontré con Ernest y le conté mi experiencia. Me miró con expresión complacida y dijo:
—De verdad, esto está bien. Estás empezando a descubrir la verdad por ti mismo. Es tu propia generalización empírica, y es correcta. Ningún hombre en la máquina industrial es un agente con libre albedrío, excepto el gran capitalista, y él tampoco lo es, si me perdonas el irlandismo.33
Verás, los amos están muy seguros de que tienen razón en lo que hacen. Esa es la cúspide del absurdo de toda la situación. Están tan atados por su naturaleza humana que no pueden hacer nada a menos que piensen que es correcto. Deben tener una sanción para sus actos.
“Cuando quieren hacer algo, en los negocios por supuesto, deben esperar hasta que surja en sus cerebros, de algún modo, un concepto religioso, ético, científico o filosófico, de que tal cosa es correcta. Y entonces proceden a realizarla, sin percatarse de que una de las debilidades de la mente humana es que el deseo engendra el pensamiento. Sin importar lo que deseen hacer, la sanción siempre llega.
Son casuistas superficiales. Son jesuíticos. Incluso se las arreglan para hacer el mal con el fin de que de ello resulte el bien.
Una de las ficciones agradables y axiomáticas que han creado es que son superiores al resto de la humanidad en sabiduría y eficacia. De ahí proviene su autorización para administrar el pan de cada día del resto de la humanidad. Incluso han resucitado la teoría del derecho divino de los reyes, reyes comerciales en su caso.34
“La debilidad de su posición radica en que son meros hombres de negocios. No son filósofos. No son biólogos ni sociólogos. Si lo fueran, por supuesto todo iría bien. Un hombre de negocios que fuera también biólogo y sociólogo sabría, aproximadamente, qué es lo correcto para la humanidad. Pero, fuera del ámbito de los negocios, estos hombres son