haber sufrido enormemente a causa de la soledad. Nos contó mucho, aunque nos habló aún más de la alegría que había experimentado al cumplir los deseos del Maestro.
—Pues de verdad ahora —dijo—, estoy apacentando sus corderos. Y he aprendido una gran lección. No se puede atender el alma hasta que el estómago está satisfecho. A sus corderos hay que darles de comer pan, mantequilla, patatas y carne; después de eso, y solo después de eso, sus espíritus están preparados para un alimento más refinado.
Dio buena cuenta de la cena que preparé. Jamás había tenido tanto apetito en nuestra mesa en los viejos tiempos. Lo comentamos, y él dijo que nunca había estado tan sano en su vida.
—Camino siempre ahora —dijo, y un rubor le cubrió la mejilla al pensar en el tiempo en que iba en su carruaje, como si fuera un pecado que no se pudiera perdonar a la ligera.
—Mi salud se beneficia de ello —añadió apresuradamente—. Y soy muy feliz; de verdad, muy feliz. Por fin soy un espíritu consagrado.
Y sin embargo, había en su rostro un dolor permanente, el dolor del mundo que ahora estaba haciendo suyo. Estaba viendo la vida en bruto, y era una vida diferente de la que había