parecía estúpido. Y por un momento cruzó por mi mente el pensamiento: ¿Y si se sentía intimidado por este despliegue imponente de poder e inteligencia? Luego sonreí. No iba a engañarme a mí. Pero engañó a los demás, tal como había engañado a la señorita Brentwood. Ella ocupaba un asiento justo en primera fila, y varias veces volvió la cabeza hacia uno u otro de sus confrères y sonrió en señal de aprobación por los comentarios.
Terminado el coronel Van Gilbert, Ernest se levantó y comenzó a hablar. Empezó con voz baja, titubeante y modesta, y con un aire de evidente desconcierto.
Habló de su nacimiento en la clase trabajadora, y de la sordidez y la miseria de su entorno, donde la carne y el espíritu eran hambrientos y atormentados por igual.
Describió sus ambiciones y sus ideales, y su concepto del paraíso en el que vivía la gente de las clases altas. Tal como dijo:
“Allá arriba de mí, lo sabía, existían generosidades del espíritu, un pensamiento limpio y noble, una vida intelectual aguda. Lo sabía todo esto porque leía las novelas de la ‘Biblioteca Seaside’40, en las cuales, con la excepción de los villanos y los aventureros, todos los hombres y mujeres pensaban hermosos pensamientos, hablaban una hermosa lengua y realizaban gloriosas acciones.
En resumen, tan cierto como aceptaba la salida del sol, aceptaba que allá arriba de mí se encontraba todo lo bello, noble y gracioso, todo lo que le otorgaba decencia y dignidad a la vida, todo lo que hacía que la vida valiera la pena y compensaba a uno por su fatiga y miseria”.
Siguió adelante y trazó su vida en las fábricas, el aprendizaje del oficio de herrador y su encuentro con los socialistas.