encontrábamos en la estancia-cueva que servía de cocina y comedor cuando Ernest abrió la puerta y entró. En ese momento Biedenbach se dirigió a mí llamándome Mary, y me volví para responderle. Luego miré a Ernest con un interés curioso, como el que cualquier joven camarada podría mostrar al ver por primera vez a un héroe de la Revolución tan célebre. Pero la mirada de Ernest me abarcó y preguntó impaciente más allá y alrededor de la habitación. Al momento siguiente me estaban presentando a él como Mary Holmes.
Para completar el engaño, se puso un plato más, y cuando nos sentamos a la mesa una silla quedó vacía. Habría podido llorar de alegría al notar la creciente inquietud e impaciencia de Ernest. Por fin no pudo soportarlo más.
—¿Dónde está mi esposa? —exigió sin rodeos.
—Ella sigue durmiendo —contesté.
Era el momento crucial. Pero mi voz era una