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nydus/The Iron HeelPublic
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CAPÍTULO XII. EL OBISPO

ella. Debo irme ahora mismo. Me entiendes. Luego regresaré. Te lo prometo.

—Déjame ir contigo —me ofrecí—. ¿Está lejos?

Volvió a suspirar y se rindió.

“Solo dos cuadras”, dijo. “Demos prisa”.

Bajo la guía del Obispo aprendí algo sobre mi propio vecindario. No había soñado que existiera tal desdicha y miseria en él. Por supuesto, esto se debía a que no me interesaba por la caridad.

Me había convencido de que Ernest tenía razón cuando se burlaba de la caridad considerándola un emplasto para una úlcera. Removamos la úlcera, era su remedio; dése al trabajador su producto; pensiónese como a soldados a aquellos que envejecen honradamente en su labor, y no habrá necesidad de caridad.

Convencido de esto, trabajé con él en la revolución, y no agoté mis energías en aliviar los males sociales que surgían continuamente de la injusticia del sistema.

Seguí al obispo hasta una pequeña habitación, de diez por doce pies, en un conventillo del fondo. Y allí encontramos a una mujercita alemana —de sesuaría y cuatro años, dijo el obispo—. Se sorprendió al verme, pero me devolvió un saludo amable y siguió cosiendo los pantalones de hombre que tenía en el regazo.

A su lado, en el suelo, había una pila de pantalones. El obispo descubrió que no había ni carbón ni leña, y salió a comprar un poco.

Cogí unos pantalones y examiné su trabajo.

—Seis centavos, señora —dijo, asintiendo suavemente con la cabeza mientras seguía cosiendo. Cosía despacio, pero jamás dejaba de coser.

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