Y en ese momento supe que lo amaba, y que me estaba derritiendo de deseo por consolarlo. Pensé en su vida. Una vida sórdida, dura y escasa debió de haber sido. ¡Y pensé en su padre, que había mentido y robado por él y había trabajado hasta la muerte! ¡Y él mismo había entrado en las fábricas cuando tenía diez años!
Todo mi corazón parecía estallar con el deseo de envolverlo con mis brazos y apoyar su cabeza en mi pecho —su cabeza que debía estar cansada de tantos pensamientos—; y de darle descanso —simplemente descanso—, alivio y olvido por un tierno espacio.
Conocí al coronel Ingram en una recepción en la iglesia. A él lo conocía bien y lo había conocido bien durante muchos años. Lo arrinconé detrás de grandes palmeras y plantas de caucho, aunque él no sabía que estaba atrapado. Me recibió con la alegría y la galantería convencionales. Siempre fue un hombre elegante, diplomático, cauto y considerado.
Y en cuanto a su apariencia, era el hombre de aspecto más distinguido de nuestra sociedad. Junto a él, hasta el venerable rector de la universidad parecía hortera y poca cosa.
Y sin embargo, hallé al coronel Ingram en la misma situación que los mecánicos analfabetos.
No era un agente libre. Él también estaba atado a la rueda. Jamás olvidaré su cambio cuando mencioné el caso de Jackson. Su bondadosa sonrisa se desvaneció como un fantasma. Una expresión repentina y espantosa desfiguró su rostro distinguido. Sentí la misma alarma que había sentido cuando James Smith estalló. Pero el coronel Ingram no maldijo. Esa era la pequeña diferencia que quedaba entre el obrero y él. Era famoso por su ingenio, pero ya no le quedaba ingenio. Y, sin darse cuenta, miraba hacia todos lados en busca de vías de escape.
Pero estaba atrapado entre las palmeras y los árboles de caucho.