Bajo el régimen capitalista, estos periodos de vacas flacas eran tan inevitables como absurdos. La prosperidad siempre traía consigo la calamidad. Esto, por supuesto, se debía al exceso de beneficios no consumidos que se acumulaban.
Rompehuelgas—estos eran, en su propósito, en su práctica y en todo excepto en el nombre, los soldados privados de los capitalistas. Estaban perfectamente organizados y bien armados, y se les mantenía listos para ser trasladados precipitadamente en trenes especiales a cualquier parte del país donde los trabajadores se pusieran en huelga o fueran despedidos por los empleadores. Solo aquellos tiempos extraños podrían haber dado lugar al asombroso espectáculo de un tal Farley, un conocido comandante de rompehuelgas, quien, en 1906, recorrió los Estados Unidos en trenes especiales desde Nueva York hasta San Francisco con un ejército de dos mil quinientos hombres, plenamente armados y equipados, para romper una huelga de los tranviarios de San Francisco. Tal acto constituía una violación directa de las leyes del país. El hecho de que este acto, y miles de actos similares, quedaran impunes, demuestra hasta qué punto el poder judicial era una criatura de la Plutocracia.