Una curiosa y asombrosa literatura que sirvió para que la clase trabajadora malinterpretara por completo la naturaleza de la clase ociosa.
La gente de aquella época era esclava de las frases. La abyección de su servidumbre resulta incomprensible para nosotros. Había en las palabras una magia mayor que el arte del prestidigitador. Tan obnubiladas y caóticas estaban sus mentes que la pronunciación de una sola palabra podía invalidar las generalizaciones de toda una vida de seria investigación y pensamiento. Tal palabra era el adjetivo utópico. Su mera enunciación podía condenar cualquier plan de mejora o regeneración económica, por sensatamente concebido que estuviera. Vast poblaciones enloquecían con frases como «un dólar honrado» y «una fiambrera llena». La acuñación de tales frases se consideraba obra de genios.