En aquellos días aún era costumbre llenar las salas de naderías. No habían descubierto la sencillez de vida. Tales habitaciones eran museos, lo que exigía un trabajo interminable para mantenerlas limpias. El demonio del polvo era el señor de la casa. Había una miríada de artilugios para atrapar el polvo, y solo unos pocos para deshacerse de él.
Este quebrantamiento de testamentos era un rasgo peculiar de la época. Con la acumulación de grandes fortunas, el problema de disponer de ellas después de la muerte resultaba irritante para los acumuladores. El hacer testamentos y el impugnarlos se convirtieron en oficios complementarios, como la fabricación de armaduras y la fabricación de armas. Los abogados más astutos en la redacción de testamentos eran contratados para redactar testamentos que no pudieran ser impugnados. Pero estos testamentos siempre eran impugnados, y muy a menudo por los mismos abogados que los habían redactado. Sin embargo, en la clase adinerada persistía la ilusión de que se podía forjar un testamento absolutamente inquebrantable; y así, a través de las generaciones, clientes y abogados persiguieron la quimera. Era una búsqueda semejante a la del Disolvente Universal de los alquimistas medievales.