Los Mercenarios, en los últimos días del Talón de Hierro, desempeñaron un papel importante. Constituían el equilibrio de poder en las luchas entre las castas obreras y los oligarcas, y ora de un lado, ora del otro, inclinaban la balanza con su fuerza según el juego de la intriga y la conspiración.
De la incoherencia e inconsistencia ética del capitalismo surgieron los oligarcas con una nueva ética, coherente y definida, afilada y severa como el acero, la más absurda y anticientífica y al mismo tiempo la más potente que jamás haya poseído clase tiránica alguna. Los oligarcas creían en su ética, a pesar de que la biología y la evolución los desmentían; y, debido a su fe, durante tres siglos fueron capaces de contener la poderosa marea del progreso humano: un espectáculo profundo, tremendo, desconcertante para el moralista metafísico, y que para el materialista es motivo de muchas dudas y reconsideraciones.