—Así es —dijo el Profesor con reverencia, y entró.
En aquel lugar cenaron y durmieron, ambos de manera muy completa.
Las alubias con tocino, que aquellas gentes inexplicables cocinaban bien, y la asombrosa aparición de Borgoña en sus bodegas coronaron la sensación de Syme de una camaradería y un confort nuevos.
Durante toda aquella prueba, su horror fundamental había sido el aislamiento, y no hay palabras para expresar el abismo que media entre el aislamiento y tener un aliado.
Puede concedérseles a los matemáticos que cuatro es dos veces dos. Pero dos no es dos veces uno; dos es dos mil veces uno. Por eso, a pesar de cien desventajas, el mundo siempre volverá a la monogamia.
Syme pudo desahogarse por primera vez contando toda su escandalosa historia, desde el momento en que Gregory lo había llevado a la pequeña taberna junto al río.
Lo hizo con desgana y abundancia, en un monólogo lujurioso, como habla un hombre con amigos muy antiguos.
Por su parte, el hombre que había encarnado al profesor de Worms no fue menos comunicativo. Su propia historia era casi tan tonta como la de Syme.
—Ese disfraz que llevas es muy bueno —dijo Syme, apurando un vaso de Mâcon—; mucho mejor que el del viejo Gogol. Ya desde el principio pensé que era demasiado velludo.
—Una diferencia de teoría artística —replicó el Profesor pensativo—. Gogol era un idealista. Se compuso como el ideal abstracto o platónico de un anarquista. Pero yo soy un realista. Soy un pintor de retratos. Pero, en verdad, decir que soy un pintor de retratos es una expresión inadecuada. Yo soy un retrato.