El filósofo puede amar a veces el infinito; el poeta ama siempre lo finito. Para él, el gran momento no es la creación de la luz, sino la creación del sol y de la luna.
Mientras bajaban juntos la amplia escalera, alcanzaron a Ratcliffe, que iba vestido de verde primavera como un cazador, y cuyo traje tenía un diseño de enmarañados árboles verdes.
Pues él representaba aquel tercer día en que fueron creados la tierra y los seres verdes, y su rostro cuadrado y sensato, con su cinismo no falto de simpatía, parecía adecuarse bien a ello.
Los condujeron fuera de otra puerta ancha y baja hacia un jardín inglés muy grande, lleno de antorchas y hogueras, a cuya luz quebrada un vasto carnaval de gente bailaba con trajes de arlequín. A Syme le pareció ver cada forma de la Naturaleza imitada en algún disfraz alocado.
Había un hombre vestido de molino de viento con aspas enormes, un hombre vestido de elefante, un hombre vestido de globo; los dos últimos, juntos, parecían seguir el hilo de sus aventuras farsescas. Syme incluso vio, con un estremecimiento extraño, a un bailarín vestido como un cálao gigantesco, con un pico dos veces más grande que él: el ave extraña que se le había grabado en la imaginación como una pregunta viviente mientras avanzaba a toda velocidad por el largo camino del Jardín Zoológico.
Había, sin embargo, mil objetos más de ese tipo. Había una farola danzante, un manzano danzante, un barco danzante. Uno habría pensado que la melodía indomable de algún músico loco había puesto a todos los objetos comunes del campo y de la calle a bailar una jig eterna.
Y mucho después, cuando Syme era de mediana edad y estaba en reposo, nunca pudo ver uno de esos objetos en particular —una farola, un manzano o un molino de viento— sin pensar que era un juerguista descarriado de aquella fiesta de máscaras.