“El camarada Gregory me acusa de hipocresía. Sabe tan bien como yo que estoy cumpliendo con todos mis compromisos y que no hago más que mi deber. No ando con rodeos. No pretendo hacerlo.
Digo que el camarada Gregory no es apto para ser el jueves, a pesar de todas sus cualidades amables. No es apto para ser el jueves a causa de sus cualidades amables. No queremos que el Consejo Supremo de la Anarquía se vea infectado por una sensiblería estúpida (muy cierto, muy cierto).
Este no es momento para la cortesía protocolaria, ni es tampoco momento para la modestia protocolaria. Me opongo al camarada Gregory como me opondría a todos los Gobiernos de Europa, porque el anarquista que se ha entregado a la anarquía ha olvidado la modestia tanto como ha olvidado el orgullo (vítores).
No soy un hombre en absoluto. Soy una causa (nuevos vítores). Me opongo al camarada Gregory de forma tan impersonal y tan serena como elegiría una pistola u otra de ese estante en la pared; y digo que, antes de tener a Gregory y sus métodos blandengues en el Consejo Supremo, me ofrecería yo mismo para la elección—”
Su frase quedó ahogada en una catarata ensordecedora de aplausos. Los rostros, que se habían vuelto cada vez más feroces de aprobación a medida que su diatriba se hacía más y más intransigente, aparecían ahora distorsionados por muecas de expectación o abiertos de par en par por gritos de júbilo.
En el momento en que se declaró dispuesto a postularse para el cargo de Jueves, estalló un rugido de entusiasmo y asentimiento que se volvió incontrolable, y al mismo instante Gregory se puso en pie, con espuma en los labios, y gritó por encima de los gritos.
—¡Alto, malditos lunáticos! —gritó, con lo más alto de una voz que le destrozaba la garganta—. ¡Alto, uste—