Gregory lo guio por un pasillo bajo y abovedado, al final del cual estaba la luz roja.
Era un farol carmesí enorme, casi tan grande como una chimenea, fijado sobre una puerta de hierro pequeña pero pesada. En la puerta había una especie de tronera o reja, y en ella Gregory golpeó cinco veces.
Una voz ronca con acento extranjero le preguntó quién era. A esto dio la respuesta más o menos inesperada: «El señor Joseph Chamberlain».
Las pesadas bisagras comenzaron a moverse; era obviamente algún tipo de contraseña.
Dentro del umbral, el pasillo relucía como si estuviera revestido por un entramado de acero. Tras una segunda ojeada, Syme vio que el brillante diseño estaba hecho en realidad de filas y filas de rifles y revólveres, estrechamente apiñados o entrelazados.
—Debo pedirle que me disculpe todas estas formalidades —dijo Gregory—; aquí tenemos que ser muy estrictos.
—Oh, no se disculpe —dijo Syme—. Conozco su pasión por la ley y el orden —, y entró en el pasillo flanqueado por las armas de acero. Con su largo cabello rubio y su levita bastante ostentosa, parecía una figura singularmente frágil y caprichosa mientras caminaba por aquella brillante avenida de la muerte.
Pasaron por varios pasillos de ese tipo y salieron por fin a una extraña cámara de acero con paredes curvas, de forma casi esférica, pero que presentaba, con sus gradas de asientos, cierto aspecto de anfiteatro científico. No había fusiles ni pistolas en esta estancia, pero alrededor de las paredes colgaban formas más dudosas y espantosas, cosas que parecían bulbos de plantas de hierro o huevos de aves de hierro. Eran bombas, y la habitación misma parecía el interior de una bomba.