Un organillo en la calle comenzó de repente, con una sacudida, a tocar una alegre melodía. Syme se puso en pie, tenso, como si hubiera sido un clarín antes de la batalla. Se descubrió a sí mismo lleno de un valor sobrenatural que surgía de la nada. Aquella música tintineante parecía rebosar de la vivacidad, la vulgaridad y el valor irracional de los pobres, quienes en todas aquellas calles sucias se aferraban a las decencias y a la caridad de la Cristiandad.
Su travesura juvenil de hacerse pasar por policía se había borrado de su mente; no se consideraba a sí mismo el representante del cuerpo de caballeros convertidos en agentes estrafalarios, ni del viejo excéntrico que vivía en la habitación oscura.
Pero sí se sentía el embajador de toda esa gente corriente y amable de la calle, que todos los días marchaba a la batalla al son del organillo. Y este elevado orgullo de ser humano lo había elevado inexplicablemente a una altura infinita por encima de los hombres monstruosos que lo rodeaban.
Por un instante, al menos, miró desde lo alto a todas sus extravagancias desparramadas, desde el pináculo estrellado de lo común y corriente. Sintió hacia todos ellos esa superioridad inconsciente y elemental que un hombre valiente siente por las bestias poderosas o un hombre sabio por los errores poderosos. Sabía que no poseía ni la fuerza intelectual ni la física del presidente Sunday; pero en ese momento eso le importaba tanto como el hecho de no tener los músculos de un tigre o un cuerno en la nariz como un rinoceronte. Todo quedó sepultado en una certeza definitiva: que el presidente estaba equivocado y que el organillo tenía razón. En su mente resonó con fuerza aquella perogrullada inapelable y terrible de la canción de Roldán—
“ Païens ont tort et Chrétiens ont droit. ”
que en el viejo francés nasal tiene el tañido y el gemido del gran hierro.