sentido común, grosero y despiadado. Se sintió como un hombre que hubiera soñado toda la noche con caer por precipicios y se hubiera despertado en la mañana en que iba a ser ahorcado. Pues tan pronto como vio la luz del sol correr por el canal de la hoja escorzada de su enemigo, y tan pronto como sintió que las dos lenguas de acero se tocaban, vibrando como dos cosas vivas, supo que su rival era un luchador terrible y que probablemente le había llegado su última hora.
Sintió un valor extraño y vívido en toda la tierra a su alrededor, en la hierba bajo sus pies; sintió el amor por la vida en todos los seres vivos.
Casi podía imaginarse que oía crecer la hierba; casi podía imaginarse que, incluso mientras él estaba allí de pie, nuevas flores brotaban y estallaban en floración en el prado—flores rojo sangre, de oro ardiente y azules, cumpliendo todo el cortejo de la primavera.
Y cada vez que su mirada se apartaba por un instante de los ojos tranquilos, fijos e hipnóticos del marqués, veía el pequeño penacho de almendro contra el horizonte. Tenía la sensación de que, si por algún milagro lograba escapar, estaría dispuesto a sentarse para siempre ante aquel almendro, sin desear ninguna otra cosa en el mundo.