relucientes. No le dio mayor importancia al pasar junto a él, y simplemente se adentró en otro de los brazos del laberinto. Pero cuando, unos cientos de yardas más adelante, se detuvo de nuevo para escuchar, su corazón también se detuvo, pues oyó provenir de aquel espacio de piedras irregulares el repiqueteo de la muleta y los pasos esforzados del cojo infernal.
El cielo por encima estaba cargado de nubes de nieve, sumiendo a Londres en una oscuridad y opresión prematuras para aquella hora del atardecer.
A cada lado de Syme, las paredes del callejón eran ciegas y carecían de rasgos; no había ninguna ventanita ni alero de ningún tipo.
Sintió un nuevo impulso de escapar de aquel panal de casas y salir una vez más a la calle abierta e iluminada por las farolas.
Sin embargo, vagó y serpenteó durante un buen rato antes de dar con la vía principal. Cuando lo hizo, salió mucho más arriba de lo que había imaginado.
Salió a lo que parecía la inmensidad y el vacío de Ludgate Circus, y vio la catedral de San Pablo posada en el cielo.