Las grandes piedras del Embankment parecían igualmente oscuras y gigantescas cuando Syme levantó la vista hacia ellas. Eran grandes y negras contra el enorme amanecer blanco. Le hacían sentir que estaba desembarcando en los escalones colosales de algún palacio egipcio; y, en verdad, aquello se adaptaba a su estado de ánimo, pues estaba, en su propia mente, ascendiendo para atacar los sólidos tronos de horribles y paganos reyes.
Saltó de la barca a un escalón fangoso, y se quedó de pie, como una figura oscura y esbelta, en medio de la enorme mampostería. Los dos hombres del remolcador volvieron a alejar la embarcación y remontaron la corriente. No habían pronunciado una sola palabra.