—Se lo diré —contestó el hombre de las gafas—. Este pez gordo de la policía que me escrutó de arriba abajo hasta saber cómo me quedarían las antiparras con el pelo y los calcetines... ¡por Dios, si ni me vio!
Los ojos de Syme brillaron de pronto hacia él.
—¿Cómo fue eso? —preguntó—. Pensé que habías hablado con él.
—Así lo hice —dijo Bull alegremente—, pero hablamos en una habitación completamente a oscuras, como una bodega de carbón. Allí, jamás habrías adivinado eso.
—No habría podido concebirlo —dijo Syme con gravedad.
—Es sin duda una idea nueva —dijo el Profesor.
Su nuevo aliado era un torbellino en los asuntos prácticos.
En la oficina de información preguntó con montuna brevedad por los trenes a Dover. Tras obtener la información, metió a tropel a la compañía en un coche de caballos, y se metió a ellos y a sí mismo dentro de un vagón de ferrocarril antes de que se hubieran dado cuenta del todo de aquel vertiginoso proceso. Ya estaban en el barco de Calais antes de que la conversación fluyera con libertad.
—Ya tenía pensado —explicó— ir a Francia a almorzar; pero estoy encantado de tener a alguien con quien almorzar. Verá usted, tuve que enviar a ese bruto del Marqués con su bomba, porque el Presidente me tenía en la mira, aunque Dios sabe cómo. Algún día le contaré la historia. Fue verdaderamente sofocante. Cada vez que intentaba escabullirme, veía al Presidente en alguna parte, sonriendo desde el ventanal de un club o quitándose el sombrero desde lo alto de un ómnibus. Se lo digo yo, puede decir lo que quiera, ese tipo le vendió su alma al diablo; es capaz de estar en seis lugares a la vez.