un pequeño prado no lejos del ferrocarril, y confió en la fatalidad del primer enfrentamiento.
Cuando bajó con toda tranquilidad al campo de honor, nadie habría podido adivinar que albergaba la menor preocupación por un viaje; llevaba las manos en los bolsillos, el sombrero de paja ladeado hacia la nuca y su apuesto rostro insolente bajo el sol.
Pero a un extraño le habría podido parecer curioso que en su séquito aparecieran, no solo sus padrinos cargando con la funda de la espada, sino dos de sus criados cargando con una maleta y una cesta para el almuerzo.
Por temprana que fuera la hora, el sol lo inundaba todo de calidez, y Syme se sintió vagamente sorprendido al ver tantas flores silvestres ardiendo en oro y plata entre la hierba alta en la que toda la compañía se hallaba casi hasta las rodillas.
A excepción del Marqués, todos los hombres iban de luto estricto y solemne, con sombreros como chimeneas negras; el pequeño Doctor sobre todo, con el añadido de sus gafas negras, parecía el enterrador de una farsa. Syme no pudo evitar sentir un contraste cómico entre este desfile eclesiástico y funerario de indumentaria y el prado rico y reluciente, donde crecían flores silvestres por todas partes. Pero, en verdad, aquel contraste cómico entre las flores amarillas y los sombreros negros no era más que un símbolo del trágico contraste entre las flores amarillas y el negro asunto. A su derecha había un pequeño bosque; a lo lejos, a su izquierda, se extendía la larga curva de la línea de ferrocarril, que él estaba, por así decirlo, custodiando del Marqués, cuya meta y vía de escape era esta. Enfrente de él, detrás del grupo negro de sus adversarios, podía ver, como