suelta. La cara era tan grande que uno no podía enfocarla ni hacer que pareciera una cara en absoluto. El ojo estaba tan lejos de la nariz que ya no era un ojo. La boca estaba tan aislada que uno tenía que pensar en ella por separado. Todo esto es demasiado difícil de explicar”.
Se detuvo un momento, arrastrando aún el bastón, y luego continuó—
“Pero míralo de este modo. Subiendo por un camino de noche, he visto una farola, una ventana iluminada y una nube formar juntas un rostro de lo más completo e inequívoco. Si alguien en el cielo tiene ese rostro, lo volveré a reconocer.
Sin embargo, cuando caminé un poco más descubrí que no había tal rostro, que la ventana estaba a diez yardas, la farola a mil yardas, la nube más allá del mundo. Bien, el rostro de Sunday se me escapó; se desvaneció a diestra y siniestra, como se desvanecen esas imágenes fortuitas.
Y así su rostro me ha hecho, de algún modo, dudar de que exista ningún rostro. No sé si el tuyo, Bull, es un rostro o una combinación en perspectiva. Quizá uno de los discos negros de tus malditas gafas esté muy cerca y el otro a cincuenta millas.
Oh, las dudas de un materialista no valen un bledo. Sunday me ha enseñado las peores y últimas dudas, las dudas de un espiritualista. Supongo que soy budista; y el budismo no es un credo, es una duda. Mi pobre y querido Bull, no creo que tengas realmente un rostro. No tengo suficiente fe para creer en la materia”.
Los ojos de Syme seguían fijos en el orbe errante, el cual, enrojecido por la luz del atardecer, parecía un mundo más rosado e inocente.
—¿Han notado una cosa extraña —dijo— en todas sus descripciones? Cada uno de ustedes ve a Sunday de un modo totalmente distinto, pero a cada uno de ustedes solo se le ocurre una cosa con la cual compararlo: el universo mismo.