Pero mientras la tierra y el cielo y todo lo demás poseían la belleza viva de algo perdido, la otra mitad de su cabeza estaba tan clara como el vidrio, y paraba la punta de su enemigo con una especie de habilidad de mecanismo de relojería de la que apenas se creía capaz.
Una vez, la punta de su enemigo le rozó la muñeca, dejando un leve rastro de sangre, pero aquello o bien pasó desapercibido o fue tácitamente ignorado.
De vez en cuando respondía al ataque, y una o dos veces casi pudo imaginarse que sentía su propia punta dar en el blanco, pero como no había sangre en la hoja ni en la camisa, supuso que se equivoca.
Entonces se produjo una interrupción y un cambio.
A riesgo de perderlo todo, el Marqués, interrumpiendo su tranquila mirada, dirigió un rápido vistazo por encima del hombro hacia la línea de ferrocarril a su derecha. Luego volvió hacia Syme un rostro transfigurado en el de un demonio, y comenzó a luchar como si lo hiciera con veinte armas. El ataque llegó tan rápido y furioso, que la única espada brillante parecía una lluvia de flechas relucientes.