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nydus/The Man Who Was ThursdayPublic
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XI. Los criminales persiguen a la policía

El carro tirado por caballos dio una curva cerrada alrededor de un bosquecillo de olmos, y el hocico del animal estuvo a punto de golpear la cara de un viejo caballero que estaba sentado en los bancos afuera del pequeño café de Le Soleil d’Or.

El campesino masculló una disculpa y bajó de su asiento. Los demás también descendieron uno por uno y le hablaron al viejo caballero con fragmentarias frases de cortesía, pues era bastante evidente por sus modales expansivos que era el dueño de la pequeña taberna.

Era un viejo de pelo blanco y cara de manzana, con ojos adormilados y bigote gris; fornido, sedentario y muy inocente, de un tipo que a menudo puede encontrarse en Francia, pero que aún es más común en la Alemania católica.

Todo en él, su pipa, su jarra de cerveza, sus flores y su colmena, sugería una paz ancestral; solo cuando sus visitantes levantaban la vista al entrar en el salón de la posada, veían la espada en la pared.

El Coronel, que saludó al mesonero como a un viejo amigo, pasó rápidamente al salón de la posada y se sentó pidiendo un refrigerio ritual. La decisión militar de sus actos interesó a Syme, que se sentó a su lado, y aprovechó la ocasión, cuando el viejo mesonero hubo salido, para satisfacer su curiosidad.

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