—No le veo ni pies ni cabeza al jueguecito del viejo Sunday ni más ni menos que tú —dijo—. Pero sea lo que sea Sunday, no es un ciudadano intachable. ¡Maldita sea! ¿Te acuerdas de su cara?
—Te concedo —respondió Syme—, que nunca he sido capaz de olvidarlo.
—Bueno —dijo el Secretario—,supongo que pronto lo averiguaremos, pues mañana tenemos nuestra próxima asamblea general. Me disculpará —dijo, con una sonrisa bastante cadavérica— por estar tan bien familiarizado con mis labores de secretaría.
—Supongo que tiene usted razón —dijo el Profesor pensativo—. Supongo que podríamos averiguarlo por medio de él; pero confieso que me daría un poco de miedo preguntarle a Sunday quién es en realidad.
—¿Por qué —preguntó el Secretario—, por miedo a las bombas?
—No —dijo el profesor—, por miedo a que me lo cuente.
—Tomemos algo —dijo el doctor Bull tras un silencio.
Durante todo su viaje en barco y tren se mostraron sumamente efusivos, pero instintivamente se mantuvieron unidos. El doctor Bull, que siempre había sido el optimista del grupo, intentó persuadir a los otros cuatro de que toda la compañía podía tomar el mismo hansom cab desde Victoria; pero la idea fue rechazada y se fueron en un coche de cuatro ruedas, con el doctor Bull en el pescante, cantando. Terminaron su travesía en un hotel de Piccadilly Circus, para estar cerca del desayuno temprano a la mañana siguiente en Leicester Square. Sin embargo, ni aun entonces las aventuras del día habían acabado por completo.