pequeña y grasienta barbería, cuyo escaparate estaba vacío, a excepción de una enfermiza dama de cera en traje de noche.
La nieve, sin embargo, empezó a espesar y a caer con fuerza; y Syme, tras considerar que una sola mirada a la dama de cera era más que suficiente para deprimirle el ánimo, se puso a mirar hacia la calle blanca y vacía.
Se quedó bastante atónito al ver a un hombre de pie, completamente quieto, fuera de la tienda y mirando al escaparate. Su sombrero de copa estaba cargado de nieve como el sombrero de Papá Noel, un montículo blanco le subía por las botas y los tobillos; pero parecía que nada era capaz de apartarle de la contemplación de la descolorida muñeca de cera con un vestido de noche sucio.
Que cualquier ser humano se quedara en semejante tiempo mirando a semejante tienda era motivo de bastante extrañeza para Syme; pero su asombro ocioso se convirtió de pronto en una conmoción personal, pues se dio cuenta de que el hombre que estaba allí de pie era el viejo profesor paralítico de Worms. Apenas parecía el lugar para una persona de sus años y dolencias.
Syme estaba dispuesto a creer cualquier cosa sobre las perversiones de esta hermandad deshumanizada; pero ni siquiera él podía creer que el profesor se hubiera enamorado de aquella particular dama de cera. Solo podía suponer que la enfermedad del hombre (fuera cual fuese) implicaba algunos ataques momentáneos de rigidez o trance. No se inclinaba, sin embargo, a sentir en este caso ninguna compasión muy profunda. Por el contrario, más bien se felicitaba de que el ataque del profesor y su caminar elaborado y cojeante harían fácil escapar de él y dejarlo a millas de distancia.