Los seis infelices detectives se arrojaron a los carruajes y siguieron al elefante compartiendo el terror que este sembraba por el largo trecho de las calles.
Esta vez Sunday no se dio la vuelta, sino que les ofreció la sólida extensión de su espalda inconsciente, lo que los enloquecía, si cabe, más que sus burlas anteriores.
Justo antes de llegar a Baker Street, sin embargo, se le vio arrojar algo muy alto al aire, como hace un muchacho con una pelota con la intención de volver a atraparla.
Pero al ritmo de su carrera, el objeto cayó muy atrás, justo junto al carruaje que llevaba a Gogol; y con la débil esperanza de hallar una pista o por algún impulso inexplicable, este detuvo su carruaje para recogerlo. Estaba dirigido a él mismo y era un paquete bastante voluminoso.
Sin embargo, al examinarlo, se descubrió que su volumen consistía en treinta y tres trozos de papel sin valor envueltos unos sobre otros. Cuando se arrancó la última envoltura, se redujo a un pequeño papel en el que estaba escrito:—
“La palabra, me parece, debería ser «rosa»”.
El hombre que antes se llamaba Gogol no dijo nada, pero los movimientos de sus manos y de sus pies eran como los de un hombre que insta a un caballo a redoblar sus esfuerzos.
Calle tras calle, barrio tras barrio, avanzaba el prodigio del elefante volador, atrayendo multitudes a cada ventana y apartando el tráfico a diestra y siniestra. Y aun a través de toda aquella publicidad insana, los tres taxis lo seguían fatigosamente, hasta que empezaron a ser considerados parte de una procesión y tal vez la propaganda de un circo. Avanzaban a tal ritmo que