—Conque despachó al Marqués, según tengo entendido —preguntó el profesor—. ¿Hace mucho tiempo? ¿Llegaremos a tiempo para alcanzarlo?
—Sí —respondió el nuevo guía—, lo tengo todo calculado. Todavía estará en Calais cuando lleguemos.
—Pero cuando lo atrapemos en Calais —dijo el profesor—, ¿qué vamos a hacer?
Ante esta pregunta, el semblante del doctor Bull decayó por primera vez. Meditó un momento y luego dijo:
“Teoricamente, supongo, deberíamos llamar a la policía”.
—Yo no —dijo Syme—. En teoría, debería ahogarme yo primero. Le prometí a un pobre muchacho, que era un verdadero pesimista moderno, bajo palabra de honor, que no avisaría a la policía. No soy muy versado en casuística, pero no puedo faltar a mi palabra ante un pesimista moderno. Es como faltarle a la palabra a un niño.
—Yo estoy en el mismo barco —dijo el Profesor—. Intenté decírselo a la policía y no pude, debido a un juramento tonto que hice. Vera usted, cuando era actor yo era una especie de bestia total. El perjuro o la traición es el único crimen que no he cometido. Si hiciera eso, no sabría distinguir entre el bien y el mal.
—Yo ya he pasado por todo eso —dijo el doctor Bull—, y ya he tomado una decisión. Le di mi palabra al secretario; ya le conoce, el hombre que sonríe al revés. Mis amigos, ese hombre es el ser humano más absolutamente infeliz que ha existido jamás. Puede ser su digestión, o su conciencia, o sus nervios, o su filosofía del universo, ¡pero está maldito, está en el infierno! Bien, no puedo volverse en contra de un hombre así y darle caza. Es como azotar a un leproso. Puede que esté loco, pero eso es lo que siento; y santo y se acabó.