Porque la primera vez que vi a Sunday me expresó, no vuestra airosa vitalidad, sino algo a la vez burdo y triste en la Naturaleza de las Cosas.
Lo encontré fumando en una habitación crepuscular, un cuarto con la persiana marrón bajada, infinitamente más deprimente que la alegre oscuridad en la que vive nuestro amo.
Estaba sentado allí en un banco, un enorme montón de hombre, oscuro y desgarbado. Escuchó todas mis palabras sin hablar ni siquiera moverse. Vertí mis súplicas más apasionadas e hice mis preguntas más elocuentes.
Entonces, tras un largo silencio, la Cosa comenzó a temblar, y pensé que la sacudía alguna enfermedad secreta. Temblaba como una gelatina repugnante y viva. Me recordó a todo cuanto había leído sobre los cuerpos abyectos que son el origen de la vida: los grumos de las profundidades marinas y el protoplasma. Parecía la forma final de la materia, la más informe y la más vergonzosa. Solo podía decirme a mí mismo, a partir de sus estremecimientos, que al menos era algo que semejante monstruo pudiera ser desgraciado.
Y entonces comprendí que la bestial montaña se estremecía con una risa solitaria, y la risa era dirigida a mí. ¿Me pides que le perdone eso? No es poca cosa que se ría de uno algo que es a la vez inferior y más fuerte que uno mismo».
—Seguramente ustedes están exagerando una barbaridad —interrumpió la clara voz del inspector Ratcliffe—. El presidente Sunday es un sujeto terrible para el intelecto de uno, pero físicamente no es el fenómeno de feria de Barnum que pintan. Me recibió en una oficina corriente, con un abrigo de cuadros grises, a plena luz del día. Me habló de un modo corriente. Pero les diré lo que tiene Sunday que resulta un tanto espeluznante. Su despacho está ordenado, su ropa está ordenada, todo parece en regla; pero es un poco distrado. A veces, sus grandes ojos brillantes se quedan completamente ciegos. Durante horas olvida que