pasar por el umbral golpeó de repente su bastón contra el suelo de piedra de modo que resonó.
—Pero Señor Dios Todopoderoso —clamó—, si esto está bien, ¡había más malditos detectives que malditos dinamiteros en el maldito Consejo!
“Habríamos podido pelear fácilmente —dijo Bull—; éramos cuatro contra tres”.
El Profesor iba bajando las escalera, pero su voz subía desde abajo.
—No —dijo la voz—, no éramos cuatro contra tres; no tuvimos tanta suerte. Éramos cuatro contra Uno.
Los demás bajaron las escaleras en silencio.
El joven llamado Bull, con una cortesía inocente muy propia de él, insistió en ir el último hasta llegar a la calle; pero allí su propia y robusta rapidez se impuso sin que se diera cuenta, y avanzó deprisa hacia una oficina de información ferroviaria, hablándoles a los otros por encima del hombro.
“Es divertido conseguir amigos —dijo—. He estado medio muerto de los nervios por estar completamente solo. Poco me faltó para echarle los brazos al cuello a Gogol y abrazarlo, lo cual habría sido imprudente. Espero que no me desprecies por haber estado aterrorizado”.
—¡Todos los demonios azules del infierno azul —dijo Syme— contribuyeron a mi pánico azul! Pero el peor demonio fuiste tú y tus gafas infernales.
El joven se rió encantado.
—¿No fue un trapo? —dijo—. Una idea tan sencilla... y no mía. No me da la cabeza para tanto. Verá, yo quería entrar en el servicio de detectives,