“Tampoco yo —respondió el hombre en un tono común—. Intentaré acostarme después de desayunar”.
Habló con una cortesía displicente, pero con una voz totalmente muerta que contradecía el fanatismo de su rostro. Parecía casi como si todas las palabras amistosas fuesen para él comodidades sin vida, y que su única vida fuese el odio. Tras una pausa, el hombre volvió a hablar.
—Por supuesto, el secretario de la sección le habrá contado todo lo que se puede contar. Pero lo único que no se puede contar jamás es la última ocurrencia del Presidente, pues sus ocurrencias crecen como un bosque tropical.
Así que, por si no lo sabe, será mejor que le diga que en este momento está llevando su ocurrencia de ocultarnos no ocultándonos hasta extremos de lo más extraordinarios.
- Al principio, por supuesto, nos reuníamos en un calabozo subterráneo, exactamente igual que hace su sección.
- Luego, Sunday nos hizo alquilar un reservado en un restaurante corriente. Decía que si uno no aparenta esconderse, nadie lo anda buscando.
Bueno, él es el único hombre sobre la tierra, lo sé; pero a veces de verdad pienso que su enorme cerebro se está volviendo un poco loco en su vejez. Pues ahora nos exhibimos ante el público. Tomamos el desayuno en un balcón —¡en un balcón, por favor!— que da a Leicester Square.
—¿Y qué dice la gente? —preguntó Syme.
—Es bastante simple lo que dicen —respondió su guía.
“Dicen que somos un grupo de alegres caballeros que fingen ser anarquistas”.
—Me parece una idea muy inteligente —dijo Syme.