Sus palabras parecía arrastrarlas como las de un himno; pero Syme, que estaba observando, vio sus largos dedos tamborilear rápidamente sobre el borde de la mesa descangayada. Leyó el mensaje: «Debes continuar. ¡Este demonio me ha chupado la sangre!».
Syme se lanzó a la brecha con esa bravuconería de la improvisación que siempre le sobrevenía cuando estaba alarmado.
—Sí, lo que pasa es completamente cierto —dijo apresuradamente—. Tuve la buena fortuna de entablar conversación con un detective que, gracias a mi sombrero, me tomó por una persona respetable. Deseando consolidar mi reputación de respetabilidad, lo llevé y lo emborraché a conciencia en el Savoy. Bajo estos efectos, se mostró amistoso y me dijo sin rodeos que en un día o dos esperan arrestar al marqués en Francia.
—Así que a menos que tú o yo podamos seguirle la pista...
El Doctor seguía sonriendo de la manera más amistosa, y sus ojos protegidos seguían siendo impenetrables. El Profesor le indicó a Syme que reanudaría su explicación, y comenzó de nuevo con la misma elaborada calma.
—Syme me trajo esta información inmediatamente, y vinimos aquí juntos para ver qué uso estaría dispuesto a hacer usted de ella. Me parece indudablemente urgente que...
Todo este tiempo, Syme había estado mirando al Doctor casi con la misma fijeza con que el Doctor miraba al Profesor, pero por completo sin la sonrisa. Los nervios de ambos compañeros de armas estaban a punto de romperse bajo aquella tensión de amabilidad inmóvil, cuando Syme de repente se inclinó hacia adelante y golpeó distraídamente el borde de la mesa. Su mensaje a su aliado decía: «Tengo una corazonada».
El Profesor, sin apenas hacer una pausa en su monólogo, respondió con un gesto: «Pues siéntate encima».