Si las hubiera llevado el profesor moribundo, o incluso el pálido secretario, habrían sido apropiadas. Pero en aquel hombre más joven y grosero parecían solo un enigma. Arrebataban la llave del rostro. No se podía saber qué significaban su sonrisa o su seriedad. En parte por esto, y en parte porque poseía una virilidad vulgar de la que carecían la mayoría de los demás, a Syme le pareció que él podría ser el más malvado de todos aquellos malvados hombres. Syme llegó a pensar que tal vez le cubrían los ojos por ser demasiado espantosos para ser vistos.
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V. El Festín del Miedo
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